La noche se nos ha echado encima en Valverdón. Es el grupo más tardío de todo el programa: nos reunimos los miércoles, día largo por definición como decía Ramón Gómez de la Serna, a las 19:00h. A mediados de octubre los chopos fosforecen todavía a la orilla del Tormes, pero a medida que avanza el mes las luces se van apagando y hay que prender la lumbre para caldear la sala donde nos reunimos. El olor a leña y la oscuridad cambian el color de nuestros encuentros.
Hoy leemos Enigmas, de Beatriz Martín Vidal, editado por Thule. Nos sorprendemos, nos incomodamos, confrontamos con lo que no recordábamos así. La lectura deja un regocijo vertiginoso en el ambiente, es como si hubiera algo más que sabemos, pero no recordamos. Y, entonces, presentamos Barba Azul en la edición de Edelvives con
ilustraciones terribles de Gabriel Pacheco. Ninguna recuerda del todo bien la historia, solo Lucía, que cree que va de uno que mató a muchas mujeres. Lo leemos por turnos, cada un un par de páginas, y Cecilia dice que parece que estamos jugando a la patata caliente: a ver a quién le toca la página en la que alguien palma. El humor alivia la tensión.
Tras la lectura de Barba Azul dejamos que mane la conversación. Nos lleva a lo que se esconde en los armarios. En los altillos de los armarios. En los altillos de sus armarios. Más de una atesora una caja bien cerrada con las cartas que sus maridos les enviaron desde la mili. Sara se sabe algunas de memoria: aquella en que él le cuenta que le había cogido una rosa para secarla y enviársela, pero allí en Melilla se la comió una cabra… Se quedó sin rosa, pero ella tuvo chascarrillo hasta el fin de sus días. Catalina es más reservada y no desvela el contenido de las cartas que también guarda, todas y
cada una, numeradas. Pensamos en las cartas que ellas escribieron y que nunca nadie guardó, y nos preguntamos cuántas historias incompletas, a medio guardar, habitan en los altillos de las mujeres de varias generaciones. Lucía se sonroja un poco y dice: menos mal que las mías nadie las guardó, me da algo si alguien las lee. Y entonces nos preguntamos qué harán con esas cartas cuando ellas ya no estén, todas están de acuerdo en quemarlas, en hacerlas desaparecer antes de que nadie pueda leerlas.
Hablamos de quiénes fueron las mujeres y los hombres, las parejas de aquellas cartas, y qué queda de ellas hoy.
Lucía dice que nada. Sara dice que todo igual. Catalina dice: «Ahora es mejor, más sereno, más maduro».
Cecilia calla, ella no tiene cartas de la mili guardadas, pero su fantasía se desborda imaginando lo que contarán las de sus vecinas. Hablamos del legado que dejaremos, nos atrevemos a pensar en cómo seremos recordadas igual que nosotras hoy recordamos a los nuestros.
Se apagó la lumbre, mañana nos cruzaremos por la calle o nos encontraremos a la salida de misa y fíjate qué distinto a vernos aquí, dicen. ¿A qué hora sales de tú de paseo?, las oigo que dicen mientras me voy, ¿y tú por qué no te apuntas a la
asociación?
¿Germinará la semilla?, me pregunto yo.
Isabel Benito
Salir del Tiesto Valverdón
