Recuerdo que comiendo en familia en la casa del pueblo, teníamos un día puesto el aparato de radio, pues de aquella no había ni con mucho televisión. Sentado a la mesa con nosotros había un chaval que ayudaba en las faenas del campo y era un provocador de los niños.
En un momento se siente decir en la radio: «Cruz no tiene novio»
Y el chaval dice: «¿Cómo no? Si anda por ahí Paco, el de Catalina»
Paco era un pobre crío que mi tía invitaba a comer, o bien a la puerta siempre y daba algo de comida. Y bueno, cuando oigo aquello salgo a la calle muy enfadada y al primero que veo es al Paco con unos mocos enormes colgando, desharrapado y unas greñas que nunca se lavaban. Sin pensármelo dos veces le metí un tirón de pelos al pobre infeliz.
Él me acusó a los tíos -yo no tenía padres- llorando y gimiendo. Una tía me metió un fardaxu de azotainas. No sé qué medida de cantidad tenía un fardaxu pero entraban unas cuantas. También me acusó de darle un ergatuñazu que era sinónimo del verbo arañar.
La madre de Paco, Catalina, tenía unos cuantos rapacinos, cada uno de su padre. Eran aquellas pobres mujeres parachoques de muchos sinvergüenzas. Despiadados, se les decía, y con razón. Los pobres guajes vivían de los que les daban por aquellos pueblos y arrabales. No había casa que no tuviera para ellos leche y tortas de maíz, además de patatas cocidas, berzas y fabes.
Esta es la historia de la crueldad que yo cometí con el pobre Paco. Un día alguien les recogió, a él y a otros de sus hermanos. Pasó el tiempo como siempre y nos hicimos todos mozos. Yo vine para a El Campu y un día de feria de aquellas que se celebraban en esta localidad, me llamaron a la puerta. Me encontré con un chaval muy guapo, con una chaqueta de cuero negro impecable. Me preguntó si le conocía de algo y yo le contesté que de algo me sonaba. Pero cómo lo iba a conocer, con aquel porte. Me contó que era picador de un pozo de tantos que tenía Hunosa.
Le dije:
– ¿Te acuerdas, Paco, de lo cruel que fui aquel día contigo?
Y el me contestó:
-Yo sólo me acuerdo de la fame que nos quitó la familia tuya, a mí y a los mis hermanos, sobre todo a mí.
Nos despedimos con un abrazo muy grande.
Mari Cruz (Asturias)