De pequeña, todos los días eran especiales para mí, pero los sábados… los sábados eran esperados con ansias. No por el poder dormir hasta tarde, ni por ver la televisión por la noche, sino por dormir apoyada en las piernas de mi madre, y por ver su sonrisa mientras me llevaba de la mano por el centro de la ciudad.
Ese día el frappé de parchita que compartíamos de camino a casa, sabía más dulce que de costumbre, quizás por el calor o por sus ojos llenos de dulzura que me observaban atentamente, nunca lo sabré…Pero lo que sí sé, es que el sábado era mi día preferido, y no por salir de compras con mi madre, sino porque ese día recordaba que siempre seríamos ella y yo contra el mundo.
En esos sábados por la tarde en que dormía de camino a casa mientras ella me acariciaba el cabello, soñaba y rezaba para que eso no cambiara. No quería crecer y ser como los jóvenes de la televisión que se distanciaban de sus madres. Yo quería quedarme pequeña y solo pensar en el siguiente sábado, ansiando nuevamente el caminar junto a mi madre, para observarla en silencio mientras me imaginaba películas donde ella era mi heroína…
Sí, definitivamente los sábados eran mi día favorito, y no tanto porque fuera sábado, sino porque estaba junto a mi madre.
Mariángel (Asturias)