Hay libros que llaman inmediatamente la atención y otros que pasan desapercibidos.  Entre estos últimos se encuentra Dibujo de una ciudad de Tejubehan, publicado en España por Thule en una edición hecha a mano por la editorial Tara.   No sé si será esta apariencia artesanal, sus ilustraciones en negro sobre el blanco de las páginas y el naranja de la cubierta, su tamaño tirando a grande o que el título no apela a nuestro interés occidental. El caso es que hasta que alguien no lo abre y le da voz, su presencia provoca generalmente una suerte de indiferencia. 

Ahora bien, en el momento en que comenzamos a leer la historia de Teju, una niña que vive en una aldea de la India y que nos cuenta su cotidianeidad rural -tan distinta y al mismo tiempo tan parecida a la nuestra- no caemos rendidos a sus pies.  Este relato autobiográfico, lleno de honestidad, belleza, felicidad y dureza, nos muestra también el camino de vuelta a nuestras propias vidas, iluminando momentos y espacios cuya importancia habíamos olvidado, trayendo de vuelta recuerdos que habíamos perdido.

Y así, tras el silencio que se genera siempre al terminar la lectura, se desencadena la conversación: la nostalgia por la vida comunitaria, relatos sobre la dureza de la posguerra, la dificultad para elegir un camino cuando todas las posibilidades están abiertas, lo afortunadas o desdichadas que podemos ser en el amor aunque lo hayamos elegido por nosotras mismas.

Nos escuchamos unas a otras, vamos hilando pensamientos, historias personales, otras que hemos leído, canciones y hasta bailes.  Y así, poco a poco, salimos de nuestro tiesto para seguir creciendo juntas en un campo común, para seguir dibujando nuestra comunidad.